En un primer momento y a pesar de los dos antecedentes que he comentado en una
entrada anterior, los aviones no fueron usados al comienzo de la guerra para combatir en el aire, ni siquiera para realizar ataques aéreos contra objetivos terrestres. Su función fue la de observación aérea para la artillería, recabar información mediante la fotografía y obtener datos de cara a prever acciones del enemigo y la planificación de acciones propias.
Al inicio de las hostilidades las potencias conservaban aún la mentalidad tradicional en lo tocante al modo en que había que hacer la guerra. Ejemplos anteriores como la Guerra de Secesión estadounidense o la propia Guerra Franco-Prusiana fueron ignorados. Esa es una de las razones, además de la juventud de la aviación, por las que los aviones no tuvieron un papel activo en las acciones bélicas ofensivas.
En el lado aliado Gran Bretaña no llegaba siquiera a los 200 aviones, los aptos unos 170, de los que se podían trasladar al otro lado del Canal de La Mancha algo más de un centenar, concretamente 64 por parte del Royal Flying Corps y 58 del Royal Naval Air Service. El problema británico era el no contar con una industria aeronáutica de importancia dependiendo por ello de la francesa. Por ello muchos aparatos eran de fabricación gala como los Blériot y los Farman. Francia, por el contrario, contaba con una mejor situación disponiendo de 23 escuadrones aéreos para un total de unos 160 aviones a los que habría que añadir una docena de modelos pequeños auxiliares y una quincena de aparatos ya obsoletos en manos de la Marina, así como cinco dirigibles. Eran de fabricación nacional destacando los Blériot, Morane-Saulnier, Farman y Breguet. Los rusos, contrariamente a lo que se pudiera pensar, empezaron la guerra con más aviones que sus aliados occidentales, unos 256 si sumamos los 244 del Ejército y los 12 de la Marina. El problema ruso no era la cantidad sino la calidad de dichos aparatos ya que no contaba con una industria aeronáutica al nivel francés, aunque superior en fabricación a la británica por entonces (eso evidentemente cambió rápidamente conforme avanzó la guerra) y el disponer de excesiva variedad de tipos de aparatos, lo que suponía un grave problema logístico a la hora de llevar a cabo su mantenimiento y reposición de piezas.
Bélgica apenas disponía de una veintena de aviones organizados en dos escuadrones, muchos de los cuales eran Farman. Mencionaré la situación italiana aunque tardarían aún en entrar en guerra como es sabido. Italia contaba con 89 aviones en el Ejército y otros 17 en la Marina. La parte positiva es que los italianos sí contaban con producción propia de aviones y a buen nivel, la negativa o al menos no tan positiva era que aparatos suyos apenas, a destacar los bombarderos Caproni, siendo lo que construían aviones franceses bajo licencia.
Farman M11
En las Potencias Centrales la situación era muy desigual dependiendo en mucho los austro-húngaros de Alemania. Los alemanes contaban con 295 aviones de los que eran aptos para el combate unos 250 pero en calidad muy diversa y sin destacar sobre sus oponentes en un principio. Austria-Hungría apenas disponía, en cambio, de 35 aviones, siendo la potencia con menor cantidad de aparatos al comienzo de la guerra.
Apenas existían pilotos como tal en ambos bandos, pocos de los reclutados para tal labor tenían experiencia aérea previa. Solían provenir del voluntariado y sin formación sobre lo que era volar. Y en el caso de los observadores aún era peor, ya que no contaban con experiencia no ya en pilotar sino en identificar e interpretar correctamente lo que veían desde el aire. La mayoría provenían de unidades de caballería porque las unidades ecuestres eran empleadas por los ejércitos de la época para tareas de exploración con lo que, curiosa deducción, concluían que la mejor persona para el papel de observador aéreo era un oficial de caballería. Para colmo tenían que andar tomando notas en aviones pensados para volar pero no para observar, es decir, su diseño no facilitaba la labor de observación lo que era especialmente complicado en los aparatos alemanes, cuyo ancho de alas dificultaba sobremanera al observador poder tener una buena vista de lo que tenía bajo sus pies. Tanto les costaba a muchos observadores interpretar lo que veían desde el aire que no era infrecuente el que se aterrizase para tomar notas pie en tierra y luego despegar de regreso al aeródromo para informar.
A las incipientes fuerzas aéreas no se les entregaron armas ni se dotaron de ellas a los aviones. Los primeros pilotos y observadores aéreos iban desarmados y cuando se encontraban con un aparato enemigo se limitaban a saludarse y seguir cada uno por su lado, algo impensable a ras de suelo si unidades de exploración se encontrasen con el enemigo. Al poco, pero meramente por la lógica de que eran soldados, en los aviones comenzó a llevarse armamento típico de caballería como sables, pistolas y carabinas. A ver qué se suponía debía hacer un piloto con un sable a varios miles de metros de altitud… Lo normal es que por comodidad y hacer sitio en las cabinas los pilotos dejasen dicho armamento en tierra con lo que ningún efecto tenía en las misiones aéreas.
La situación era distinta con los dirigibles pues sí fueron bien pronto empleados en ataque aéreos, pero a estos gigantes les dedicaré una entrada a parte, además de que esta misma semana de enero quiero aprovechar un par de efemérides relacionadas con los zeppelines. Por tanto mencionar solo el hecho y aparcarlo hasta una futura entrada del blog.
El único riesgo para estos primeros aviadores en la guerra era el correcto funcionamiento de sus aparatos y el fuego antiaéreo, pues desde tierra sí se actuaba contra los aviones para evitar que fuesen capaces de recabar información útil que otorgase al enemigo ventajas estratégicas. Algo, por otra parte, que casi no importaba pues, aunque es algo que se sabe a posteriori, los aviones de ambos bandos fueron incapaces de localizar y avisar acerca de ingentes movimientos de Cuerpos de Ejército contrarios, grandes desembarcos como el de la Fuerza Expedicionaria británica, etc. La efectividad de sus misiones era casi ridícula para lo que podría haber sido. También es verdad que apenas se destinaban aviones a cada punto, que las misiones no se compaginaban unas con otras ni se procuraba que entre todos los efectivos se cubriese el frente, sino que cada cual iba “por su lado”. El riesgo antiaéreo no era moco de pavo ya que como los observadores no lograban identificar edificios e instalaciones militares desde gran altitud se veían obligados a volar muchas veces por debajo de lo que les habría gustado. Y lo peor no era solo eso sino que en tierra los antiaéreos no distinguían tipos de avión y disparaban con frecuencia contra cualquier aparato que avistaban, haciéndolo en ocasiones contra sus propios aviones.
No todo era malo o negativo, a veces se consiguieron grandes éxitos en la labor de observación, como cuando se cartografiaron los fortines belgas que permitieron a los alemanes ocupar Lieja o el avistamiento desde el aire del movimiento de flanqueo alemán sobre la retaguardia británica que permitió el milagroso repliegue de los británicos ante lo que podía haber sido el principio del éxito final del plan de Moltke.
Parece ser que los primeros casos de ataques aéreos desde aviones lo protagonizaron aparatos alemanes efectuando lanzamiento de pequeñas bombas sobre los aeródromos aliados. Esto fue el detonante de que el clima de mutuo respeto y calma en los cielos se tornase rápidamente en hostilidad. Pilotos aliados quisieron cobrarse justa revancha atacando aviones alemanes con pistolas y rifles, pero también con explosivos y hasta flechas con las que se pretendía asaetar los aparatos enemigos así como ladrillos y piedras que lanzarles. Se incrementaron los ataques a aeródromos de ambos bandos e incluso se produjeron incursiones aéreas aliadas en suelo alemán para destruir hangares de zeppelines. Los alemanes respondieron enviando bombarderos a atacar ciudades costeras británicas.
Voisin 3
Así llegamos al momento clave, el 5 de octubre de 1914. Los franceses habían montado armas en algunos aviones y uno de esos era el Voisin al que se le había colocado una ametralladora Hotchkiss en el puesto delantero del observador. Como tal la manejaba el cabo Louis Quénault pilotando el biplaza el sargento Joseph Frantz. Los franceses divisaron un biplaza alemán en la zona de Reims, se trataba de un Aviatik y sus ocupantes no se mostraron preocupados por la presencia del avión francés ni hicieron nada por evitar que se les acercase por un flanco. A escasos metros de distancia Quénault abrió fuego acertando e incendiando el avión enemigo que cayó a tierra. Acababa de tener lugar la primera victoria aérea de la guerra.
El año 1915 iba a ser testigo de unos aviones muy diferentes, ahora sí preparados para el combate aéreo y apareciendo la figura del piloto de combate. Pronto las bajas se sucederían y nacería la época de los ases.